El Nuevo Orden Mundial: inversión, desigualdad y un futuro cambiante

Jorge Silveira Botelho | BBVA Asset Managment

Responsable de la unidad de negocio de BBVA Asset Management en Portugal

Jorge Silveira Botelho, con más de 33 años de experiencia en las áreas de gestión de activos y mercados de capitales, es responsable de promover y estructurar el negocio de gestión de activos del Grupo BBVA en Portugal.

Febrero de 2026 por Jorge Silveira Botelho.

La gran mayoría de los inversores empieza a creer que la geopolítica no es un obstáculo para el buen comportamiento de las bolsas, ya que el principal protagonista en crear episodios de tensión y malestar acaba, de una forma u otra, protegiendo el comportamiento de los mercados —el famoso y anacrónico TACO (Trump Always Chickens Out). Sin embargo, como lúcidamente ha ilustrado en Davos el primer ministro canadiense, Mark Carney, el escenario global actual no se corresponde a una simple transición, sino más bien a una ruptura definitiva del orden internacional tal como lo conocemos.

En realidad, puede que estemos demasiado entretenidos y absortos en estas peripecias geopolíticas, sin darnos cuenta de su verdadera dimensión ni de cómo ha cambiado el mundo. Lo que estamos empezando a observar gradualmente es la constatación histórica de los crecientes riesgos subyacentes a la decadencia de un gran imperio.

Los historiadores y economistas contemporáneos que han analizado los patrones de ascenso y caída de los imperios a lo largo de los siglos —como Ray Dalio, Niall Ferguson, Daron Acemoglu, James A. Robinson, Paul Kennedy, entre otros— identifican múltiples señales que precipitan su declive, como: endeudamiento excesivo, pérdida de valor y de estatus de la moneda, desigualdad, ruptura del contrato social entre generaciones, degeneración institucional, ascenso de rivales, aritmética fiscal (cuando los intereses de la deuda superan el gasto de defensa), entre otros criterios.

Lo cierto es que este conjunto de patrones se manifiesta de una manera peculiar y es bastante visible en el mundo en el que vivimos. Por ello, aunque parezcan pasados ​​por alto, estos episodios geopolíticos —debidos al famoso TACO— están sucediendo cada vez con mayor frecuencia, lo que empieza a causar daños colaterales. A medida que se intensifica la demanda de mayor autonomía en diferentes regiones, en materias como energía, recursos y defensa, se produce una mayor fiebre por el capital.

El excesivo endeudamiento y los déficits estructurales crónicos reflejan cómo se está afianzando este nuevo orden internacional. Por lo tanto, no se debe ignorar que la escasez de capital puede generar importantes desequilibrios internos — económicos y sociales— dentro de cada región.

Actualmente, el mayor obstáculo al crecimiento económico no es necesariamente la inflación, sino la correcta asignación de capital que permita generar ganancias de productividad y corregir los crecientes niveles de desigualdad, que constituyen una seria barrera al crecimiento económico, especialmente en regiones donde el consumo privado es el principal motor de la economía.

Este debate se hace particularmente evidente en Estados Unidos, donde la creciente desigualdad se manifiesta tanto a nivel económico como generacional, lo que abre paso a un conflicto latente entre el ciudadano de Main Street y el de Wall Street. Según la Oficina del Censo de Estados Unidos, el índice de Gini de ingresos fue de 0,446 en 2024, lo que convierte a Estados Unidos en el país con el índice de desigualdad más alto entre las naciones del G7 y uno de los más elevados entre los países de la OCDE. No obstante, si este análisis se realiza en términos de riqueza y no de ingresos, según la Base de Datos sobre Desigualdad Mundial, el índice de Gini de riqueza en Estados Unidos es actualmente de 0,85. Para hacerse una idea más concreta de la distribución de esta riqueza, estudios de la Fed indican que el 10% más rico de la población posee entre el 87% y el 90% de todas las acciones cotizadas y de los fondos de inversión, mientras que el 50% más pobre posee alrededor del 1%. En cuanto al sector inmobiliario, según datos de la Fed del tercer trimestre de 2025, el 50% más pobre posee solo el 10% de las viviendas.

Pero, además de lidiar con una creciente desigualdad, también nos enfrentamos a un Estado extremadamente endeudado que no solo muestra poco interés en corregir este problema, sino todo lo contrario.
El peso de la deuda per cápita a finales de 1985 era de 7.700 dólares, pero a finales de 2025 ya ascendía a cerca de 113.000 dólares (fuente: FRED). Pongamos estas cifras en perspectiva: en 1985, un estadounidense necesitaba unos cuatro meses de salario medio para pagar su parte de la deuda federal. En 2026, se necesitarían casi dos años de salario completo (bruto) para cubrir los cerca de 113.000 dólares.

Se hace evidente que es sumamente difícil corregir un problema de esta magnitud cuando el déficit se sitúa de forma sistemática entre el 6% y el 7% y la deuda crece sin control, habiendo alcanzado aproximadamente el 125% del PIB en 2025. El FMI prevé que esta cifra alcance el 142,5% del PIB en 2030.

No es casualidad que esta nueva administración, tras intentar recortar el gasto —especialmente en salud y educación— ahora esté intentando introducir un conjunto de medidas populares para revertir parte de esta desigualdad, cuya aplicación y eficacia son, sin embargo, cuestionables. En la práctica, es poco probable que estas medidas reduzcan los tipos de interés de las hipotecas o solucionen los problemas de salud y de endeudamiento de las clases más desfavorecidas.

El problema del exceso de deuda y de los déficits crónicos demuestra una falta de criterio a la hora de adoptar una política basada en la correcta aportación de capital. Lo que deriva de esta situación es el riesgo inherente de no poder implementar medidas anticíclicas cuando sean necesarias, especialmente en una economía que demuestra ser más vulnerable a los golpes internos que a los externos.
En este sentido, es importante monitorear la evolución de tres variables que pueden proporcionarnos una mejor comprensión de los riesgos inherentes al futuro comportamiento de la economía estadounidense:

El mercado laboral, cuya evolución reciente evidencia fragilidades, pues en un año ha pasado de una creación media de más de 200.000 puestos de trabajo a una destrucción media superior a 20.000.


La evolución de los tipos de interés reales a largo plazo, que constituyen un diagnóstico de las condiciones de financiación de una economía. Los tipos de interés reales a 30 años en Estados Unidos están en sus niveles más altos en varias décadas.

En definitiva, en un mundo en plena transformación, es esencial saber leer el signo de los tiempos, pues la mayor oportunidad de inversión reside, sobre todo, en buscar nuevas formas de diversificación que capten esta nueva realidad. La búsqueda de una mayor autonomía regional, la escasez de capital y las desigualdades son factores que ya están alterando las correlaciones entre activos y geografías, ya sea a nivel de monedas, de materias primas, de activos refugio, de sectores de actividad o de empresas. Tal vez por ello sería conveniente movernos con cuidado, ya que un paseo por Wall Street puede acabar rápidamente en Main Street.