Mayo de 2026 por Ana Carrisso
Saber cuál es el estado de las finanzas personales suele ser un ejercicio relativamente sencillo para el común de los mortales. Normalmente, basta con ver tu cuenta bancaria para saber si todo va bien o mal. Calcular el estado de las finanzas públicas es más complejo, pero comprender el nivel de endeudamiento de un país y sus implicaciones es crucial para entender su impacto real en la economía y la sociedad.
La deuda pública total se calcula como un porcentaje de la deuda bruta de todas las administraciones públicas de un Estado sobre su PIB. Para calcularla se consideran pasivos como moneda y depósitos, títulos de deuda, préstamos, seguros, pensiones y sistemas de garantías normalizadas, y otras cuentas pendientes de pagar. Portugal finalizó 2024 (último dato disponible) con una deuda de 270.881 millones de euros, equivalente al 93,6% del PIB. Si se dividiese esta cantidad entre toda la población, el resultado sería que cada portugués debería 25.199 euros (deuda per cápita).
¿Es malo que un país esté endeudado? No necesariamente. La clave reside en la sostenibilidad de la deuda, es decir, en que el país sea capaz de mantener su déficit bajo control, recaudando más de lo que gasta. Haciendo una analogía, sería como la persona que solicita una hipoteca al banco: no dispone el dinero suficiente para comprar una casa de una sola vez, pero tiene ingresos suficientes para pagarla a plazos. El problema surge cuando el déficit presupuestario se descontrola y se vuelve insostenible.
El endeudamiento excesivo tiene un impacto real en los ciudadanos porque obliga a las administraciones públicas a realizar recortes que acaban afectando a servicios básicos como la sanidad o la educación. Además, un aumento insostenible del endeudamiento mina la credibilidad del país en los mercados internacionales, reduciendo el número de inversores dispuestos a comprar sus títulos de deuda. Cuanto menor sea la demanda, más se verá obligado el Estado a aumentar los tipos de interés que ofrece por su deuda. Cuanto mayores sean los intereses para el pago de la deuda, menor será la capacidad del Estado para mantener su gasto público.
Hace quince años, Portugal protagonizó un episodio de endeudamiento excesivo, convirtiéndose en el tercer país de la eurozona en solicitar un rescate financiero. En aquel momento, la receta aplicada por la famosa Troika (BCE, FMI y UE) a Portugal y a otros países europeos en dificultades, en particular Grecia, implicaba una fuerte austeridad que estranguló las finanzas y restringió la aplicación de las políticas sociales. El ajuste fue muy doloroso, como muchos recordarán; en Portugal, supuso medidas tan impopulares como recortar las ayudas extraordinarias a los funcionarios y pensionistas, o aumentar el IVA al 23%.
Estas decisiones tuvieron un fuerte impacto en el mapa político de la eurozona, provocando inestabilidad en los gobiernos y el surgimiento de nuevas formaciones políticas en todo el arco ideológico, con un peso creciente del populismo como respuesta de votantes muy descontentos con la gestión de la crisis.
Con la lección aprendida, cuando llegó la pandemia, la respuesta de los gobiernos fue la contraria: un mayor gasto público con cargo a las arcas del Estado. Como resultado, la deuda de Portugal alcanzó un nivel récord del 137% del PIB en 2021.
Actualmente, según el FMI, la relación deuda/PIB global asciende al 235%. (el récord histórico fue del 258% en 2020). Japón es el país más endeudado del mundo, con una deuda del 230%. Grecia, Italia y Francia son los países europeos más endeudados (con una deuda superior al 100% de su PIB), según Eurostat. Y la tendencia apunta a un mayor endeudamiento: con el lanzamiento del programa ReArm Europe, la UE planea aumentar el gasto en defensa para garantizar la seguridad y la soberanía de sus Estados miembros. Los recientes acontecimientos en Oriente Medio no hacen más que reforzar esta tesis de inversión.
Con todo, Portugal ha mantenido una política de férreo control de la deuda pública; con la aprobación de los Presupuestos del Estado para 2026, si se cumplen las previsiones, descendería por quinto año consecutivo al 87,8% del PIB, la tasa más baja desde 2009.
Por lo tanto, la próxima vez que se pregunte hasta qué punto el endeudamiento influye en la economía global, recuerde: un déficit excesivo provoca inestabilidad política, recortes en las políticas sociales, descontento social, auge del populismo y medidas extraordinarias, recurriendo a veces a la creatividad, para seguir manteniendo el estado de bienestar.