Vivir más tiempo, planificar mejor: Cómo la longevidad está transformando las decisiones financieras.

Jorge Silveira Botelho | BBVA Asset Managment

Responsable de la unidad de negocio de BBVA Asset Management en Portugal

Jorge Silveira Botelho, con más de 33 años de experiencia en las áreas de gestión de activos y mercados de capitales, es responsable de promover y estructurar el negocio de gestión de activos del Grupo BBVA en Portugal.

Julio de 2026 por Jorge Silveira Botelho.

La longevidad es el gran nuevo desafío para la humanidad, porque en última instancia contempla el principio de la vida eterna, planteando cuestiones de índole ética, social, económica y, no menos importante, financiera. Actualmente, la ciencia nos ha proporcionado el conocimiento empírico de que una buena nutrición, el ejercicio físico, el diagnóstico precoz y la estimulación de la actividad cognitiva son factores que aumentan la esperanza de vida y retrasan el envejecimiento.

Ahora también nos enfrentamos al impacto que las nuevas tecnologías están teniendo en la rápida creación y administración de nuevos fármacos, donde la inteligencia artificial nos permite saltarnos pasos en el proceso científico y desarrollar soluciones discrecionales más eficaces para el tratamiento y la prevención de enfermedades, como los numerosos avances en fármacos para el tratamiento del cáncer o enfermedades relacionadas con la demencia.

Pero un nuevo paradigma está la emerger más rápido que muchos imaginan, resucitando un nuevo rifirrafe pela busca do Santo Grial. La manipulación genética en humanos hoy una realidad emcurso con los primeros ensayos clínicos para el tratamiento do glaucoma a través do rejuvenecimiento celular la tener-se iniciado principio diste año nos EE.UU., creando-se una enorme expectación fruto do gran éxito que estas experiencias han tenido con animales. Por ello, existen motivos suficientes para sospechar que el proceso de longevidad se está subestimando, porque en última instancia podría incluso volverse exponencial, en la medida en que interfiere directamente con el instinto básico de la condición humana, nuestro instinto de supervivencia.

En este sentido, es necesario comenzar a reflexionar y a analizar las implicaciones que una mayor longevidad puede tener para la sociedad, en particular en el mercado laboral, en los sistemas de salud, la evolución temporal del consumo, en las dinámicas de la inflación y el propio modelo de financiación de las economías.

Lo primero que debemos entender es que las previsiones demográficas que conocemos no tienen en cuenta los enormes avances científicos que se avecinan.

Según la ONU, en 2100 cerca del 30% de la población mundial tendrá sesenta años o más. Sin embargo, dada la velocidad del conocimiento humano y teniendo en cuenta que solo estamos en 2026, es muy probable que estas estimaciones subestimen los avances científicos. Por eso es importante empezar a pensar seriamente sobre las implicaciones que tiene el hecho de haya personas que vivan más tiempo y que, además, mantengan sus capacidades cognitivas y físicas.

Este tema nos lleva a una segunda reflexión sobre cómo estructuramos nuestro plan de vida, es decir, si las nuevas premisas deben tener en cuenta que vamos a vivir más tiempo del que inicialmente habíamos supuesto.

El envejecimiento de la población y la transmisión tardía de la herencia son también temas a tener en cuenta. Para hacernos una idea, en Estados Unidos a principios del siglo XX la edad estimada para recibir una herencia era los 30 años; actualmente, la edad en que se hereda de los padres ronda los 60 años (fuente: FED y ONS).

En este contexto, es importante comprender que el papel que desempeñaba la recepción de una herencia también ha cambiado. A principios del siglo XX, cuando se heredaba con 30 años, la herencia se consideraba un capital de supervivencia y de inicio de vida; a mediados de los años ochenta, se heredaba entre los 40 y los 50 años, era un capital de consolidación familiar (para pagar deudas y la educación de los hijos); ahora con 60 años, la herencia es sobre todo un fondo de reserva para la jubilación y los cuidados para la salud.

Otro tema que surge indirectamente del anterior es cómo las personas de más edad están ganando cada vez más peso en el consumo privado y cómo podría cambiar la distribución temporal del consumo.

Por un lado, una mayor longevidad implica que yo tenga que empezar a ahorrar antes y durante más tiempo, por otro lado, en la práctica, esto se traduce en un cambio significativo en la distribución temporal del consumo, donde los jóvenes tendrán que renunciar a un mayor consumo presente para poder garantizar el consumo futuro. Esta inevitabilidad cobra aún más importancia cuando una mayor longevidad puede retrasar o incluso eliminar el apoyo implícito de sus progenitores.

Siguiendo este patrón implícito en la distribución temporal del consumo —es decir, que los jóvenes tenderán a renunciar a un mayor consumo presente en favor del consumo futuro—, la cuestión de la inflación adquiere especial relevancia, porque la longevidad conlleva un profundo cambio en las preferencias y los hábitos de consumo, con impactos distintos en la demanda de bienes y servicios, y la consiguiente fijación de precios.

Si tomamos como ejemplo el caso de Portugal, la inflación en los últimos 20 años se ha situado en torno al 2% anual, lo que, en términos acumulados, ha provocado una erosión del poder adquisitivo de aproximadamente el 43%.

De los últimos años se puede inferir que el comportamiento de la inflación es bastante distinto entre los diferentes subelementos. 
La vivienda, como activo real, experimentó el mayor aumento de valor, pero este elemento es transversal a todas las generaciones, ya sea por adquisición o alquiler. Es importante destacar que, independientemente de si se mantiene una inflación media del 2% anual, la situación será diferente para los jóvenes y los de más edad.

Por ejemplo, gran parte del consumo discrecional —que estará vinculado al consumo de textiles, electrodomésticos, automóviles y comunicaciones— tenderá a ser más desinflacionista, dado que los jóvenes dispondrán de una menor proporción de sus ingresos para gastar en estos artículos, debido a las nuevas implicaciones que conllevan las opciones de ahorro/inversión para la longevidad. A su vez, las personas mayores tienen la mayoría de estas necesidades, parcial o totalmente, satisfechas.

Por el contrario, el consumo relacionado con una nutrición de mayor calidad y una mejor atención sanitaria tendrá cada vez más peso en el gasto de las personas de más edad, que buscan retrasar el envejecimiento y, a su vez, garantizar una mayor calidad de vida a lo largo de toda su existencia. La gran cantidad de pruebas, análisis y cirugías, así como su frecuencia en este nuevo paradigma de longevidad, ejercerá mucha presión sobre los modelos de atención sanitaria pública y privada, lo que provocará un aumento constante de las primas de los seguros de salud.

En este contexto, la presión sobre los costes sanitarios puede significar que las personas mayores tengan que hacer frente a una inflación superior a la de los más jóvenes.

Por último, una reflexión final sobre el impacto definitivo de este paradigma de la longevidad, que se traducirá en una búsqueda constante de activos reales, en un mundo donde la inflación ya no es lineal y el horizonte temporal se está ampliando.

Una mayor esperanza de vida en la edad adulta obligará a los ciudadanos a redefinir sus horizontes temporales de inversión, con el objetivo inequívoco de vencer la inflación, es decir, de garantizar su propio poder adquisitivo en el futuro.

Por otro lado, nos encontramos en una época en la que el gasto público aumentará debido a la necesidad de una mayor autonomía de las regiones, donde las necesidades de financiación pública y privada serán exigentes. Esto, junto con una mayor longevidad refuerza sin duda la tesis sobre las grandes debilidades futuras de los sistemas de seguridad social.

En este mundo en el que nos movemos a un ritmo vertiginoso, el exceso de ahorros vinculados a instrumentos no reales —como los depósitos bancarios— tendrá que transformarse inevitablemente a lo largo de las distintas generaciones; de lo contrario, corren el riesgo de no disponer de los recursos necesarios para disfrutar de una mayor longevidad. En realidad, esta conciencia sobre el ahorro a través de activos reales es, hoy en día, el nuevo imperativo de supervivencia para las nuevas y viejas generaciones.