El desafío estructural de la longevidad para la economía y para los inversores.

Javier García Díaz | BlackRock

Head of Wealth Sales, BlackRock Iberia
Se ocupa del segmento de gestión patrimonial, tanto desde una perspectiva activa como desde una perspectiva de indexación. Lidera las iniciativas Alpha para el mercado ibérico y es experto en inversión activa para el segmento de gestión patrimonial.

Julio de 2026 por Javier García Díaz

El aumento de la longevidad es una de las transformaciones estructurales más significativas del siglo XXI. El aumento de la esperanza de vida supone un avance social significativo, con implicaciones económicas, financieras y demográficas de gran magnitud que no se pueden ignorar. La combinación de tasas de natalidad persistentemente bajas y una mayor esperanza de vida está alterando la estructura de las sociedades europeas, incluyendo la de Portugal, y redefiniendo nuestra forma de pensar sobre el trabajo, el ahorro y la inversión.

Esta dinámica demográfica se traduce en un proceso estructural de envejecimiento de la población, con un impacto directo en la sostenibilidad económica y financiera de las economías desarrolladas.

El epicentro del envejecimiento demográfico

Europa es ahora el continente más envejecido del mundo, una tendencia que continúa intensificándose. Entre 2002 y 2022, la proporción de personas con 65 años o más en la Unión Europea aumentó del 16% al 21%, y las proyecciones demográficas de la Comisión Europea indican que, hasta 2050, el porcentaje de europeos mayores de 65 años podría acercarse al 30%, lo que refleja una combinación persistente de baja tasa de natalidad y mayor esperanza de vida.

El último informe del INE confirma que Portugal es hoy uno de los países con mayor población envejecida de la Unión Europea, con un 24,3% de la población mayor de 65 años y un índice de envejecimiento de 192,4 personas mayores por cada 100 jóvenes. Estas cifras muestran un proceso de doble envejecimiento que se ha intensificado en las últimas décadas. 

Esta realidad demográfica tiene implicaciones directas para la dinámica económica: una población activa más reducida limita el potencial de crecimiento, ejerce presión sobre la productividad y aumenta la carga estructural del gasto público en sanidad y pensiones.

Crecimiento, productividad y presión fiscal

El envejecimiento de la población reduce el potencial de crecimiento de las economías desarrolladas, al ralentizar la expansión de la población activa y aumentar la dependencia de la productividad como principal motor del crecimiento real del PIB. Al mismo tiempo, el aumento de los índices de dependencia ejerce una presión continua sobre las finanzas públicas, en particular sobre los sistemas de pensiones y sanidad, reduciendo la flexibilidad presupuestaria y aumentando la rigidez estructural del gasto público. En el caso europeo y portugués, esto se traduce en un régimen macroeconómico de menor crecimiento y mayor fricción fiscal, en el que el crecimiento tendencial está estructuralmente condicionado y la política fiscal se vuelve cada vez más sensible a la dinámica demográfica.

En los mercados de capitales, los datos demográficos se están incorporando progresivamente en la fijación de precios de riesgo y rentabilidad. Las dinámicas demográficas influyen en el tipo de interés de equilibrio, el equilibrio entre ahorro e inversión, la prima por plazo y las primas de riesgo asociadas a la sostenibilidad fiscal.

Al mismo tiempo, las sociedades envejecidas tienden a aumentar el ahorro agregado en las etapas intermedias del ciclo de vida y a priorizar, en etapas posteriores, activos que ofrezcan mayor estabilidad de rendimiento y preservación del capital, lo que refuerza la demanda estructural de instrumentos a largo plazo y generación de ingresos.

Para los inversores, este escenario exige reorientar la construcción de carteras que vaya más allá de las narrativas cíclicas o puramente orientadas al crecimiento. La generación de rentabilidades reales a largo plazo, la durabilidad de los rendimientos y la diversificación global se convierten en pilares fundamentales de la asignación de capital. La exposición a sectores vinculados al aumento de la productividad, como la salud, las ciencias de la vida, la automatización, la tecnología y las infraestructuras de apoyo social y jubilación, adquiere relevancia estructural en un contexto definido por el envejecimiento demográfico.

Un factor estructural de asignación de capital

El envejecimiento de la población reduce el potencial de crecimiento económico, aumenta la presión sobre las finanzas públicas, transforma estructuralmente los patrones de consumo y reconfigura los flujos globales de capital. Este fenómeno constituye uno de los principales vectores estructuradores de la economía europea contemporánea. Por lo tanto, su incorporación a la asignación estratégica de activos y a la construcción de carteras a largo plazo es esencial para la generación sostenida de rentabilidades ajustadas al riesgo en los mercados europeos y mundiales.